Castillo de los Duques de Alburquerque - Cuellar (Segovia)

Como viejos vecinos mal avenidos se miran este castillo y el de Coca, con recelo frente a frente, en tierras segovianas aromadas por bravíos pinos, como decía la información 232 del Patronato Nacional de Turismo. Antagónicos sus moradores, antagónico el ideal que palpito en su recinto, antagónicas las ideas de que dieron fe. Señor del castillo de Cuéllar es el favorito don Beltrán de la Cueva, confidente del rey y apuesto amigo de la reina. De paje de lanza ha llegado a mayordomo mayor. Y en tanto, puesta en entredicho la varonía del rey, la reina ha dado a luz una infantita, que malas lenguas han bautizado con el nombre de la Beltraneja. Actividad inusitada se despliega en el castillo de Cuéllar. La misma que en el de· Coca. Ha muerto el rey. Y Castilla se ha dividido en dos bandos. En el de la Beltraneja se alistan los secuaces de don Beltrán. En el de Fernando e Isabel toma fervorosa parte don Alfonso de Fonseca. Y don Beltrán y don Alfonso moran en sus castillos de Cuéllar y de Coca.

En ambos castillos, puestos frente a frente' y bajo contraria bandera, se apresta y recluta la gente para la misma guerra. Acaso de una de las estancias del de Cuéllar ha salido la idea de casar a la princesa con el rey de Portugal. ¿Quién mejor para hacer valer sus derechos a la corona de Castilla? Porque sus partidarios, contra la diatriba de impotencia con que acusa al rey su propio hermano, presentan a doña Juana como hija legítima de Enrique IV. <>, dice terminantemente Galíndez de Carvajal. ¿Dónde está entonces la razón y el derecho? ¿Cuál de las dos princesas, en legítima sucesión, debe ceñir la corona de Castilla? En realidad, ¿es justo o es infamante el dictado de la Beltraneja? ¡Si las piedras del castillo de Cuéllar pudieran hablar! ...

A la sombra de este castillo de atrevidos bastiones, pulidas formas y amplias galerías montadas sobre barbacanas, la vida de Cuéllar se fue tejiendo, cuajada de históricos acontecimientos: la muerte de la virtuosa reina doña Leonor; la fundación del Hospital de la Magdalena y los Estudios de Latinidad; las Cortes convocadas aquí por Enrique IV; el natalicio de los grandes capitanes y conquistadores Diego de Velázquez y Juan de Grijalba y del historiólogo Antonio de Herrera; las estériles jornadas de las Comunidades; la estadía del famoso caudillo de la guerra de la Independencia, general Wellington; los románticos días del poeta Espronceda, desterrado en Cuéllar ...

La historia regia de este castillo vale más no recordarla, porque peca de escandalosa al llenar el reinado de Enrique IV, quien quitando a sus hermanos Alfonso e Isabel el señorío de Cuéllar, lo regaló, con su castillo, a su privado don Beltrán de la Cueva, en 1464, y éste lo reedificó en forma artística y fastuosa, para traernos el recuerdo de aquel drama palaciego del rey cruel que burló a su esposa, cuando la ilustre doña Juana de Castro, viuda del noble caballero don Diego de Haro, contrajo matrimonio con el monarca castellano don Pedro el Cruel.

En el siglo XVI fue objeto este castillo de profunda reforma con la reconstrucción del patio, claustro y galerías (sobre columnas en arcos rebajados), decorado de salones (aparte de los nuevos del XVIII) y otros añadidos que le borraron el prístino gusto gótico. Es de planta rectangular, con desigual contorno y algunas torres cilíndricas, amurallado y foso, puertas por la parte de la villa, y al mediodía con cuadrada torre, que la defiende, y un enorme cubo en la esquina opuesta. El aspecto exterior aún es gótico, con detalles mudéjares. El patio interior debió ser ojival en un principio; pero el tercer duque de Alburquerque lo rehízo en peor arquitectura. La escalera del ángulo es sencilla. Los salones altos, interesantes por sus techumbres. En la torre circular se conserva la pequeña capilla ojival del siglo XV, y en los bajos aún quedan estancias de la obra primitiva y calabozos abovedados. Acumuló este castillo gran riqueza mobiliaria en muebles, tapices, cuadros, armaduras, etc., todo ya perdido (*).

El castillo es de planta cuadrilonga, con cubos que flanquean sus esquinas. El del noroeste forma en su interior un salón abovedado con ventanal gótico. El del sudoeste es una torre cuadrada. Entre estas dos torres corre un lienzo de muralla perforada por la puerta de ingreso, de arco arábigo, peraltado y defendido por dos garitas. Los lienzos los guardan preciosos matacanes de almenas, con bolas el del norte, y el del sur muestra otro arco arábigo ya tapiado y una galería del Renacimiento. En el interior del castillo hay patio de armas, de bellísima arquitectura, con doble galería de arcos sobre diez columnas de piedra berroqueña. El castillo, bastante desmantelado en la actualidad, se une por los muros que circundan la ciudad. Es de advertir que este castillo es más palacio (interiormente) que fortaleza (en su exterior). La torre principal es cuadrada y otras tres cilíndricas, conteniendo una de éstas la capilla, indispensable en todo castillo cristiano. Su bóveda es nervada, del siglo XV, y gótico el ventanal. De gótico y mudéjar queda ya poco, predominando el estilo Renacimiento y hasta aditamentos barrocos. Perduran los calabozos, salones, la galería sustitutiva del adarve, el patio rehecho en 1558, y el portón de entrada (arco árabe peraltado sobre dos garitas) en el lienzo de la muralla que limitan torres extremas. Entre dos machones, en el mismo muro, hay otro arco arábigo, ya cegado. La escalera principal es amplia y decorada con estucos de mampostería, y en los salones de las tres crujías perduran arrequives platerescos, vigas talladas, artesonados de estucos, esgrafiados y otros detalles de ornamentación.

 

(*) En este castillo se conservaba una riquísima armería antigua que fue saqueada por el ejército francés durante la guerra del siglo XVIII. Hasta el año 1783 perduró esta rica armería, orgullo de España, que la casa de Alcañiz cuidó y aumentó con gran interés. Llegó a reunir más de trescientas armaduras e infinidad de lanzas, picas, culebrinas, cañones, arcabuces, espadas, banderas y trofeos.

Castillos de España - Carlos Sarthou. Espasa

Etiquetas

Archivo del blog